miércoles, 13 de febrero de 2013

Panel Salud Pública y Economía. Primer Jornada sobre psicoanálisis, salud y políticas públicas. Año 2011


Jorge Gómez (Psicoanalista)



Bueno. Muchas gracias. Antes que nada quiero agradecer la invitación de la Cátedra Oscar Masotta, con quienes, más o menos -supongo habrán deducido-, creo que se produjo un encuentro en aquél 2008, cuando yo estaba casualmente dictando un seminario, que se titulaba algo así como “Del consumo al consumismo y la clínica también”. Y, en realidad, ahí yo desplegaba una serie de interrogantes, que son históricos en mí. Y que hacían –digámoslo así- a temáticas de cruce que por cuestiones que no vale demasiado la pena explicitar, también me aguijoneaban, de alguna manera.
Y estalló este asunto del “Campo”, como una cuestión unitaria. Y era interesante, ¿no? Porque alguien que no tenía tierra ni en una maceta, con una camisa “Cardón”, se sentía Biolcatti. Y esto es importante, porque, digámoslo así: uno puede verlo con claridad en el otro. Pero lo interesante es que allí aparece una matriz discursiva, que es –y mucho más que discursiva-… que es sumamente eficaz. Y que puede percibírsela en uno mismo, a condición de dar un salto al costado.
Quiero decir: a mí no me iban a encontrar con una cacerola, acompañando la entente rústica. De ninguna manera. Pero no quiere decir que uno esté por fuera de esa cosa sutil, pesada, seductora, que en última instancia tiene que ver con el goce de integrar una masa. Y el goce de la masa nos habita a todos, digamos. Entonces, me parece que por allí venía la cosa.
Es desde ahí que se produce el encuentro con estos compañeros.  Tuve además el placer de tener a algunos de ellos como alumnos ese año.
Una cuestión general: pensaba, y pienso –y lo escribí así, rápido, como para no delirar- que en buena medida –y a esto lo creo, ¿eh?-, somos las palabras que usamos para narrarnos lo vivido. “Que en buena medida”. No digo “en toda medida”. “Somos las palabras que usamos para narrarnos lo vivido.” Y que al hacerlo, constituimos una faceta de nuestra experiencia. Es decir, nos lo representamos –a eso-, como un reflejo verdadero de un contacto directo con el mundo. Es decir, sentimos que estamos diciendo las cosas como son. Esto es un efecto potente, que nos pasa todo el tiempo.
Obviamente que esto es cuestionado por un montón de discursos, entre ellos, buena parte de la discursividad psicoanalítica.
Pero, durante los ´80, y en mayor medida en los ´90, se había naturalizado, por decir algo, uno escuchaba, por ejemplo una idea interesante, y te preguntaban “Bueno. ¿Vos la comprás?” “¿Cómo te parece que la vendo?” Como si una dimensión allí, de la mercancía, estuviera presente. Lo cual no tiene en sí mismo nada de malo, pero hacía ruido. No se hablaba tanto de “Propuesta educativa”, sino más bien de “Oferta educativa.” Y podríamos seguir, ¿no? Pero el colmo de la exasperación se me produjo cuando, iniciándome en la práctica como psicoanalista, leo un reportaje a un analista de nota digamos, francés él, y dice una frase que es la siguiente: “El psicoanálisis es solidario del  mercado, porque disuelve las identidades.”
Yo pensaba todo lo contrario. Y he afianzado ese pensar más aun. Pienso hoy que, por el contrario, lo que ahí aparece nombrado como mercado, solidifica las identidades. Pero no creo que vaya a tomar esta deriva. Voy a ser esquemático, y voy a ir a los fundamentos. Es decir, lo que voy a plantear son cuestiones que tienen que ver, fundamentalmente, con interrogar frases como esta. ¿Qué estamos diciendo con “identidades”? ¿Qué estamos diciendo con “mercado”? Una afirmación absolutamente masiva, que la podemos encontrar en un montón de lugares, y que hace que, entre otras cuestiones, se empiece a cualificar, estimo que acríticamente, la época que estamos viviendo, que estamos transcurriendo; o la que veníamos transcurriendo. Pero esta es mucho más interesante que los ´90. Lo que pasa es que hay una maldición china, que dice: “Ojala te toque vivir una época interesante.” Interesante para los sociólogos. Pero bueno.
Trataré entonces de arrancar planteando que inclusive había otra terminología que estaba muy presente –y lo sigue estando-, y que es, no ya solamente esta terminología tomada del discurso de la economía clásica (la que se inaugura con el propio Smith, Ricardo, o ¿por qué no? con algunos aspectos del primer Marx, que es en última instancia, según mi parecer, que no soy economista, el último de los clásicos. El que en todo caso plantea al menos una posibilidad de superar esa economía clásica, partiendo de ella).
Pero, bueno, como no soy economista, no voy a hablar estrictamente de economía, ni de psicología. Corro el riesgo de, como escribió alguien -refiriéndose a la angustia-, no tener domicilio fijo en ninguna disciplina. Pero bueno. Vamos a arrancar. El “entre” no es un mal lugar para intentar pensar algo.
A mí me parece que hay, aquí, unas cuestiones –digámoslo así-, muy potentes, que interpelan la presencia del psicoanálisis, la potencia del psicoanálisis, o la pertinencia del psicoanálisis en el ámbito universitario, en el ámbito público. Y una de las cuestiones, me parece, que se escucha -por lo menos yo lo escucho, y lo caracterizó muy bien Wanda [Donato] en la charla de recién-, tiene que ver con que, acá en la Universidad (el psicoanálisis) ha devenido un discurso imperial. Y los sometidos tienen todo el derecho del mundo a oponerse a un discurso imperial. La pregunta es: “¿Puede el psicoanálisis ser un discurso imperial?”
Me parece que no. ¿Qué ha devenido, acá, en la universidad? En fin. Queda para un debate.
Pero, si nosotros nos detenemos a pensar de dónde nos viene a nosotros el acicateo, percibiremos que tiene que ver con la velocidad: es una práctica larga, lleva tiempo, etc, etc, etc. Y, además, la época ha cambiado de manera tal que este dispositivo inventado al calor de los inicios del siglo XX, en contacto con la discursividad clásica del XIX, etc., no tiene demasiado qué hacer en esta época.
Y como justamente hablaba de experiencia, y a mí me parece que lo vivido es narrado -y hay que tener en cuenta los modos en los que se narra lo vivido, digamos- a mí me producen incomodidad algunos discursos que plantean la novedad, la novedad, la novedad. Y que bueno, es de la modernidad, que “ya estaría superada”, de lo que se trata. Se sabe que ya no estamos más en la modernidad. Los escenarios de la modernidad son cosas del pasado. Y el pasado es cada vez más lejano… en fin, la novedad es lo que prima.  Cosa por lo demás perfectamente ubicable en cierto momento histórico europeo: Habermas, siguiendo a Jauss, señala el iluminismo francés como un momento de reconfiguración del campo semántico del término “Moderno”. Quedando a partir de allí sinónimo de lo nuevo que supera lo anterior. Ahí encontramos la tal “novedad”.
Entonces, comenzaba a aparecer en trabajos de algunos alumnos (en seminarios anteriores al que hice referencia; de otras temáticas incluso), la cuestión de una referencia a una modernidad líquida, por ejemplo. Y bueno, fui a revisar eso. Y para salirnos de lo obvio leería fragmentos de escritos de los siglos XVIII y XIX donde la temporalidad “ahorista” (more Bauman), la velocidad inusitada con que lo nuevo se hace añejo o la proliferación exasperante del delito debido al caótico crecimiento urbano y a la aparición de caras extrañas en la polis… en fin, parecen escritas ayer a la mañana. Esto, claramente, no es lo nuevo de lo nuevo. Es una serie de novedades apolilladas…
Pero, pensé, como para empezar, ubicar, el consumo, en el seminario, como un momento de la economía que relanza la producción. Y pensar el consumismo como una ideología. Y ubico el consumo como elemento de la modernidad.
Cuando hablo de ideología ustedes dirán: “Este tipo va a hablar de Marx.” No. ¿Saben qué? De puro jodido, hablo de Pareto. Que es justamente un economista que se inscribe en lo que se conoce como la escuela “Marginalista” de economía. Es decir, aquella escuela que plantea el valor, no ligado al trabajo, sino a la satisfacción, “medible”, al nivel de satisfacción que obtiene el consumidor al incorporar un bien. Lo que se conoce como la teoría subjetiva del valor. Y que es, obviamente, desplegada en modelos matemáticos. Entonces, cuando ves el modelo matemático decís: “¡Caramba! Esto es ciencia”… aunque lo que no está interrogado es el principio, el fundamento sobre el cual toda esa matematización se monta. Pero Pareto, intelectualmente brillante a mi criterio, no hablaba de ideología. Hablaba de derivaciones- nombro esto, porque probablemente no circule tanto esto en la facultad de Psicología-. Y decía que las derivaciones eran una suerte de autojustificación de acciones emprendidas por determinados grupos. Y que en realidad, ¿se originan donde? En impulsos, decía él. Impulsos que no pueden explicarse racionalmente.
Fíjense. No es analista. No viene de este campo. Dice, en realidad, estas derivaciones suelen tener una presentación, propósitos e intenciones racionales. Por lo tanto las derivaciones son racionalizaciones. En realidad, lo que desconocen, es su origen en los impulsos.
Cualquier similitud con alguna cuestión freudiana es pura coincidencia, evidentemente. Y no se debe a un espíritu de época. (Ironía)
Son, dice, conjuntos estructurados, sistemáticos, pero a menudo confusos, de ideas. Aquí es donde plantea: las derivaciones son no científicas, no descriptivas de la realidad, sino justificativas, prescriptivas. Y esto, creo, es el discurso de la economía clásica, o neoclásica, y también, en buena medida, el discurso de algunas psicologías. Es por eso que yo creo que el psicoanálisis tiene una pertinencia en esta coyuntura.
¿Por dónde continuar? Bueno. Me parece que hay un punto de intersección entre varias disciplinas, todas, obviamente, de la modernidad. Este núcleo en común que podríamos ilustrar así, pero corre el riesgo de que se confunda con Real, Simbólico e Imaginario. No, no, no. Es un diagrama de Venn, donde podríamos colocar Biología, Economía y Psicología y, en la intersección de los tres conjuntos, la noción de satisfacción. Y, obviamente, la noción de necesidad.

Necesidad





















Cuando uno aborda desde el ámbito de las psicologías, la necesidad, en general, y he recorrido años ese campo –me toca dar clases de psicología, en un ámbito superior no universitario, algo que me divierte muchísimo-, uno encuentra un planteo que es biológico. En el fondo de la definición de la noción de necesidad, en el ámbito de las psicologías, se encuentra la vieja y querida noción de “homeostasis”. Aquella de Claude Bernard, ¿se acuerdan? La conservación del equilibrio de un medio interno. Es decir que hay un supuesto de base que es que los organismos -o más modernamente vamos a la teoría de los sistemas-, los sistemas –y el organismo sería un sistema- …pero quedémonos con los organismos, más manejable, por lo menos para mí-, tienden al equilibrio. Cuando ese equilibrio se rompe, se produce una tensión. Y esa tensión, lleva- inevitablemente, en algún momento y a partir de cierta potencia, de cierta intensidad de esa tensión- a buscar incorporar el objeto que permite anular esa tensión. Y ahí tenemos la desaparición brusca de la tensión denominada satisfacción. La satisfacción se obtendría merced a la incorporación del  objeto.
Esto, digámoslo así, es “lo nuevo de lo nuevo”, para oponer a la categoría un tanto más problematizadora, “vueltera”, como la de deseo tal cual la intentan desplegar de distintas maneras, las diversas modalidades del psicoanálisis.
Claro. Esto es lo nuevo de lo nuevo. Yo, por lo menos, encontré una matriz similar en el Filebo de Platón. Ahí parece hacer su entrada esta perspectiva que, luego, encuentra su versión reducida.
Es un poco el punto de partida de Freud. Es decir, fíjense, si nosotros lo traemos al ámbito de las psicologías, lo que encontramos es que hay que incorporar una cuestión un poco más compleja para empezar a decir cuál sería la especificidad de lo humano en el mundo de lo orgánico. Y lo que empieza a aparecer es la dimensión de la representación, de la representación psíquica. Entonces te lo complejizan los muchachos. Y te dicen: “La necesidad es lo que se produce como desequilibrio, partiendo de un equilibrio originario, al que se tiende a retornar.” De modo que en la medida que crece la tensión, llega un momento en que  es tan intensa que comienza a sentir, el organismo, incomodidad; y el sujeto a representar en su conciencia una imagen más o menos difusa -que luego se hace clara-, del objeto. Que al ser incorporado produce la descarga de la tensión, ergo, la satisfacción.
Tenemos Biología, y Psicologías. Ese es el punto de partida de Freud, que de entrada no cierra. No voy a aburrirlos a ustedes con la “Experiencia de satisfacción”. Lo que involucra la cuestión del objeto imaginario, por la vía de la representación, por un lado; por la introducción del placer, por el otro; y por la vía del análisis de la satisfacción sexual, donde la elevación de la tensión, en lo preliminar, es placentera en sí misma. Esto comienza a estar desbordado por todas partes.  Pero hay un punto de partida común.
¿Y en la economía? ¿por dónde la abordamos? Porque yo dije que la noción de necesidad está en el centro de estos tres registros, que no son R(eal) S(imbólico) I(maginario). Son tres conjuntos.
Bueno, vamos a abordarlo por el lado de la mercancía. En el último de los grandes clásicos: en Marx. Bueno ¿qué nos dice Marx de una mercancía? Supongo que muchos de ustedes lo conocen, pero tal vez algunos no, así que hago una explicación somera. Dice que una mercancía es una cosa, que, antes que nada, ha de satisfacer una determinada necesidad humana. Ahí tienen el par necesidad satisfacción en la definición de mercancía, que por otra parte, no lo escribe Marx por primera vez, sino que lo toma del discurso de la economía clásica. Esto lo van a encontrar en el trabajo inaugural de Adam Smith. Pequeña disgresión: no sé si ustedes saben pero, Adam Smith, además de escribir “Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones” escribió una “Teoría de los sentimientos morales”. Fue el heredero de Hutchinson en la clase de Moral, en la Universidad de Glasgow, y discípulo del que inaugura la perspectiva emotivista en Ética, que es David Hume. Un caporal si los hay, pero al que no me voy a referir. Habría otros que se podrían referir a él mucho mejor que yo. Y sin embargo Adam Smith nunca estableció puentes explícitos entre su teoría de la autoregulación de la conducta ética en un conjunto de individuos que intentan maximizar su satisfacción con cada acción, al mismo tiempo que de eso -de la concurrencia libre de la satisfacción de cada cual-, se logra un estado global, social, colectivo, de satisfacción.
Esto que está presente, todo el tiempo, pulsando, en el discurso de la economía clásica, y no solo de la economía clásica -inclusive en algunas de las perspectivas económicas que pueden aparecer como relativamente críticas, y a las que hay que retomar, e implementar, etc, etc-, está tomado de esta perspectiva ética, que, en todo caso, estimo, aparece mejor explicitada en Bentham. En quien leemos claramente esa equiparación entre Utilidad, Placer, Satisfacción, Bien. Pero esto no está dicho claramente por todas partes. Es decir, es Smith el autor de estas dos obras, y estas dos obras hablan en un punto de lo mismo: hay una explícita psicología en la economía de Adam Smith. Y se encuentra mucho más explicitada en  “Teoría de los sentimientos morales” que en la “…riqueza de las naciones”.
Volviendo a la mercancía. Además de satisfacer una determinada necesidad humana, podría decirse “el aire satisface una determinada necesidad humana” pero no es una mercancía, porque tiene que cumplir con dos condiciones más. La segunda condición es que esté destinada al intercambio. Es decir que no sea algo que consuma yo solo. Para mí. Sino que lo produzca para el intercambio.
¡Ah! Y ahí entra la tercera condición: Que sea producto del trabajo humano.
Entonces, uno diría, si yo hago mi propia mesa de trabajo es una mercancía. No. Tengo que hacer una mesa para intercambiarla por otra cosa que tenga otro valor de uso.
Hasta acá tenemos las dos definiciones, las dos perspectivas a partir de las cuales aparece la mercancía en el ámbito de la economía clásica. Y me parece que sigue esto vigente en el ámbito de un montón de economías.
Decimos que una mercancía tiene valor de uso, y a esto lo llamamos utilidad. (Perdonen que me ponga escolar. Yo soy medio maestro ciruela, y a lo mejor a alguno le viene bien, y otros van a decir “¡Uh! Qué boludo este. Vuelve sobre esto que ya lo sé”. [Risas] Vos Fernando, en un ratito, podés volver. Pero tengo que hablarlo porque desconozco realmente el auditorio).
Entonces, está claro: algo es útil si, antes que nada, satisface una determinada necesidad humana. Y a posteriori, podrá manifestar un valor al ser intercambiado por otra mercancía.
En este segundo momento, que es el momento del mercado verdaderamente, el momento del intercambio, allí las mercancías aparecen no –digámoslo así- bajo un aspecto cualitativo, dice Marx, yo no puedo comparar un lápiz con un reloj. ¿Por qué es más un lápiz que un reloj, o un reloj que un lápiz? El lápiz sirve para escribir, el reloj para dar la hora, son incomparables. Sin embargo, cuando aparecen en el mercado, yo necesito diez, quince, veinte lápices para comprar un reloj. Y ahí las mercancías aparecen entre sí en una relación de cantidad: tanto de esto, por tanto de esto otro.
Claro, todos sabemos para dónde va Marx, ¿eh?, algo que muy rápidamente se olvida, y a lo cual llamó “El fetichismo de la mercancía”. Pero no voy a tomar esta perspectiva, sino ¿qué es lo que plantea Marx? Cuando yo establezco equivalencias entre dos términos disyuntos, entre dos términos cualitativamente diferentes, tiene que haber un tercer elemento, presente en ambos, que permita la comparación. Y ahí es donde elabora que, lo que hay presente, o lo que tienen en común las mercancías -todas las mercancías-, es que todas son productos del trabajo humano. Y es, continuando la línea inaugurada por Adam Smith, y por David Ricardo, donde sutiliza el análisis de las teorías del valor trabajo. Y ahí está, podríamos decir, la muy discutida, y lo bien que está que esté discutida, teoría.
Pero hay un núcleo que está retornando muy fuertemente por estos días. Y creo asimismo que no debemos olvidar. Para mí -y en esto tal vez sea dogmáticamente marxista-, hasta nueva orden, la única sustancia productora de valor sigue siendo el trabajo. Todo lo demás es tomar valor producido por el trabajo de otros, en algún lugar. Solo que es invisibilizado. Y esto me parece que es un eje central de nuestros tiempos. “Ojalá te toque vivir en un época interesante.” Esta es una época interesante.
Entonces, uno podría plantear por dónde va él, y -ustedes saben- la deriva que toma es: el tiempo de trabajo que lleva la producción de la mercancía. No el tiempo absoluto, sino el tiempo de trabajo socialmente necesario. (No me voy a meter con esto, además hay un economista acá; sería una grosería. Yo me gano la vida como psicoanalista. Y como docente.) Y en tanto y en cuanto hay un proceso, dice Marx, de abstracción, cuando vemos el trabajo, tal cual se presenta en la mercancía considerada desde la perspectiva del mercado, allí, hablamos de un trabajo abstracto, determinable en el tiempo, homogéneo. Este es el tipo de trabajo socialmente necesario.
Bueno. Uno podría plantear que acá tenemos delineado todo un campo, ¿eh? Es decir todo un campo donde las disciplinas que estuvimos evocando se hacen préstamos y ninguna termina de definir, no solo al interior de su campo, sino en el otro campo, esta noción que es central: la noción de necesidad.
Eso sí, tal vez para comprender, digámoslo así, algunas cuestiones básicas, tendríamos que recurrir a la historia. Cómo van surgiendo estas disciplinas, en esta época que llamamos modernidad. Y como se produce una mutua, simultánea, paralela, simétrica constitución de distintos campos, vuelvo a decir, totalmente disyuntos en su presentación.
Uno podría plantear que, en la modernidad, este proceso, digamos que se inicia a partir del siglo XVI, en una larga transformación que tiene, fundamentalmente cabida en Europa; van apareciendo ciertas categorías que hoy, hoy, nos resultan completamente naturales. Es como respirar: Individuo, ciudadano.
Claro

. Hay un plegamiento de estas cuestiones. Fíjense, vamos saliendo -o se va saliendo en esa época-, de regímenes monárquicos, más o menos autocráticos, y se intenta producir una construcción de un régimen de representación republicana. Donde inclusive, se plantea –horror, ¿no es cierto?-, sustituir al soberano monarca, por un soberano al que le prestamos, le delegamos la representación, durante un lapso de tiempo: Los modernos presidentes de las repúblicas democráticas.
Y aparece esta representación, en lo social, del ciudadano, como individuo, que elige libremente, manifestando sus preferencias en materia de gobierno. A lo sumo podrá ser influido. Pero en última instancia, la decisión se constituye en su interioridad. Y esa interioridad se va a expresar en el voto. Una noción clara, absolutamente transparente, de la representación. Por lo tanto, cualquier influencia externa resulta perniciosa. Hay que dejar, por eso, la noción de cuarto oscuro, que constituye todo un tema.
Simultáneamente a esto, se producen un montón de transformaciones, en lo que hoy llamamos Europa, que las podemos seguir por distintos lugares. No me voy a extender, pero aparece la cuestión de la intimidad, del ámbito privado, este trabajo que hace Phillipe Ariés, que se los recomiendo calurosamente, “El niño y la vida familiar en el antiguo régimen”. Él sigue en el ámbito de la representación, en el ámbito de la representación pictórica por ejemplo, el nacimiento de la infancia; todo el campo de construcción, no solamente de la categoría de infancia como categoría de edad, sino de toda una sensibilidad y en cómo confluyen, causalmente, una serie de líneas, para ir sobredeterminando ciertas y determinadas cuestiones. Por ejemplo: las transformaciones arquitectónicas. La manera en que aparece la puerta, separando el interior burgués del exterior de la calle. Cómo las habitaciones van tomando, podríamos decir, funciones diferentes: la habitación de los padres, la habitación de los hijos. Cómo se construye el comedor con una mesa que funciona como lugar de reunión. Toda una serie que sería muy problemático de enumerar, pero donde aparece esta versión de la intimidad, y donde yo, en otro seminario, lo que encontré, fue el surgimiento de la pareja de occidente: la pareja madre-hijo. (De la que los varones dicen… no salimos nunca. O que salimos mal. O que las usamos a ellas (nuestras mujeres) para salir. En fin. Acá hay muchas mujeres, díganme lo que les parezca.)
Junto con esto, fíjense, aparece, paralelo a esto, algo que es destacado por un economista –para mi notable; yo lo amo, digámoslo así- que es Karl Polanyi, en “La gran transformación política y económica de nuestro tiempo” -un socialista no marxista, pero tampoco anti marxista-, donde hace todo un análisis de cómo, al revés de lo que se piensa (que la economía política liberal, parte de datos de la naturaleza, para construir, como una ciencia natural, su disciplina –y allí se habría producido el corte epistemológico que permite un tratamiento de ciencia de objeto discreto a la economía-). Él plantea por el contrario, muy por el contrario, que ha habido un trabajo –voy a usar una palabra tomada de la informática; no es la que usa Polanyi- de formateo de lo social en las categorías de la economía clásica. Y que este formateo llevó siglos y siglos y siglos. Hablamos con naturalidad de un mercado a nivel nacional, regional y mundial, y que lo bueno sería dejarlo funcionar, y que el Estado no intervenga; cuando él notó que históricamente, en el lugar donde surgen estas ideas, o sea en Gran Bretaña, vio cómo es que por la acción concreta del Estado de los Tudor, dedicando represión, fondos públicos, etc, etc, se va constituyendo a partir de los pequeños mercados de las plazas, devenidos mercados locales y regionales, un mercado a escala nacional que se abre a escala internacional. O sea: No hubo ningún origen endógeno de esto.
De acá me resuena alguna cuestión que estuvieron discutiendo en el panel anterior: Esto es causado desde el Otro. Luego se produce la clausura y tal origen hétero es olvidado.  Y cualquier intervención desde el Otro es tomada como un horror, que viene a interrumpir el natural curso de las cosas. Si: ese es el eje de la editorial de Escribano cuando el voto no positivo de Cobos pareció marcar una regresión que afortunadamente no se produjo. “El retorno al natural curso de las cosas”, eso escribió.
Y aclaro que nunca he sido peronista. Pero tal vez esté deviniendo kirchnerista, lo tengo que decir. Pero no soy peronista por tradición, por historia. Me cuesta cantar “la marchita”, no la puedo cantar. Quiero aclarar esto. Porque van a decir, “claro, ahora viene este muchacho y canta la marchita.” Y no, no, no. Créanme que no. No viene por ese lado.
Bueno. Junto con esto aparece la psicología, simultáneamente, que sobre ese mismo modelo de racionalidad se va constituyendo. Y ahí se produce –digámoslo así-, lo que aparece en el ámbito del sentido común. Se va constituyendo como categoría la “personalidad”, lo que la psicología del siglo XX toma como “Yo”: un conjunto de rasgos que de forma permanente marcan el estilo de cada cual, el ser de cada cual. Se produce una clausura, la construcción de la intimidad, y luego lo que vemos es que esa interioridad se expresa. Entre otras cosas, se expresa a través de los consumos, por ejemplo. Entonces yo me visto así porque soy de tal manera. Me parece que las cosas son un poquitito más interesantes que este relato mistificador.
Esto, evidentemente, configura un relato oficial. Pero esto no sería tan problemático, si no fuera una episteme –por decirlo de alguna manera- del siglo XIX, con la que nos están corriendo a los psicoanalistas en la carrera de psicología. ¡Como si fuera lo nuevo de lo nuevo! Y yo lo estoy planteando como una absoluta solidaridad de buena parte de las psicologías, lo sepan o no quienes lo enuncian –en general no lo saben quienes lo enuncian-, con un principio central de la economía política liberal. Que es una doble autorregulación, por la serie placer-displacer, satisfacción-insatisfacción, de la conducta de cada cual y del funcionamiento de la economía. Previo producir esa clausura que genera a cada individuo como autocausado. Y de la economía por la ley de oferta y demanda. Quedan muy pocos minutos, así que a esto lo voy a dejar acá; pero que también, en el fondo, en cuanto uno comienza a raspar –en el fondo y en la superficie-, de lo que se trata es pensar al mercado, como un conjunto de gente, oferentes y demandantes –es decir, los que van a ofertar y los que van a comprar-. Los que van a comprar intentan procurarse satisfacciones a través de la compra. Y están los oferentes que intentan vivir de lo que están vendiendo. Y que, si yo tengo un mercado, como el mercado de la plaza en la edad media, donde estoy a la vista de todos los oferentes, y soy un demandante, voy y le digo “A ver ¿a cuánto tiene las berenjenas Fulano, y qué tal son? ¿A cuánto las tiene Mengano?”. Entonces, dice el principio, yo voy a elegir al que me ofrezca más cantidad por menos precio. Claro, el otro oferente que está ofreciendo por más precio, dice “Si yo mantengo el precio no voy a vender nada de las berenjenas. Entonces bajo el precio.” Entonces se encuentra un punto de equilibrio en última instancia. Es un punto de equilibrio ¿por qué? Porque cada uno de los agentes, libres y en igualdad de condiciones, van, de alguna manera, y regulan esto, por la serie satisfacción-insatisfacción, para maximizar la utilidad (léase satisfacción, léase placer, léase bien). Toda esta serie es Bentham. Que es además, otro cronopio como pocos, un tipo brillante…  pero, escribió en el XVIII.
En esa época, los economistas británicos y los que hoy llamaríamos sociólogos, estaban considerando que la miseria era algo a lo que no había con qué darle. Cuanto más rico sea un país, más pobres va a haber, más miserables va a haber. Y lo decían con dolor. No lo decían como algo maravilloso. Eran humanistas. Pero decían “Bueno. Esto es así. Más rico un país, más pobres produce.” Me parece que es algo que, hoy, merece ser interrogado. No es un dato de la naturaleza. Y habría que ver qué corno es la naturaleza. Pero esto ya sería objeto de otra reunión.
Entonces, tenemos una autorregulación, según las leyes de oferta y demanda que, en última instancia, no es sino la vieja y querida “homeostasis”. Lo nuevo de lo nuevo. Y entonces, si el Estado no interviene, se va a encontrar el anhelado punto de equilibrio. Obviamente, ¡por allí pasaron Marx, John Keynes, los poskeynesianos, Galbraith…!
 Porque, si ustedes se ponen a pensar, entonces yo, consumidor, al tratar de maximizar mi satisfacción con cada acto de compra, lo que estoy haciendo es enviándole mensajes al mercado, y las empresas recaban esos datos, les estoy diciendo cómo quiero que me vendan el auto, en qué condiciones y en qué precio. En última instancia es de mi interioridad y mi intimidad de donde sale el diseño y el precio del auto.
¿A ustedes les parece realmente que es serio eso?
Yo tiendo a pensar exactamente lo contrario. Y Galbraith lo dice de una manera brillante cuando habla de la inversión de la secuencia clásica. Es que se trata de revisar las concepciones clásicas. La secuencia clásica es que el mensaje va de la interioridad del consumidor, para la maximización de su satisfacción, al mercado, del mercado a la empresa, y la empresa, para darle el gusto al consumidor, ofrece en el mercado el producto que el consumidor pide. ¿A ver si lo vamos viendo? A cada agujerito, su piecita. La cosa que cierra; la totalidad que anda. Esto es la economía clásica. Esto es la psicología.
Hay que decirlo así. A lo bestia.
Y desde estos discursos, se viene impugnando una potente crítica –que ya en Freud lo podemos leer, y con esto cierro-, a esta noción de demanda, planteada como una interioridad que se expresa. Cuando, por ejemplo, en un artículo de 1912, que era “Notas sobre el concepto de lo Inconsciente en Psicoanálisis” -que alguno lo debe tener presente- para hablar de lo inconsciente en el sentido dinámico, recurre, curiosamente, a la sugestión post hipnótica de Bernheim.
¿De qué se trataba esto? Bernheim, ustedes saben, tenía que ver con la teoría sugestiva, sugestión bajo hipnosis. Proponía hipnotizar a alguien, y en estado de hipnosis, darle una orden. Se le decía, por ejemplo, “Al despertarte, más o menos a la media hora, te vas a levantar y vas a abrir la ventana.” Se hacía con muchos, digamos, sujetos de laboratorio. Y daba resultado en un gran número de casos. Lo cual demuestra su eficacia. Entonces se hacía, se lo despertaba al tipo, y se le preguntaba “¿Te acordás qué pasó?”, “No, no sé. La verdad estaba dormido. Evidentemente me hipnotizaron.”  Pero al rato el hombre se paraba, y abría la ventana. Entonces lo interrogaban. Le decían “¿Qué pasó?” “No sé. De pronto sentí una incomodidad, sentí calor, sentí que me decían desde adentro, que yo tenía que ir a abrir la ventana.”
Claro, fíjense, detengamos un ratito en esto. Uno podría plantear, “Ir a abrir la ventana”, es algo, una acción, como la compra, ¿no?, que tiene cabida en el mercado, que está destinada a calmar una tensión que le aparece al individuo, si quieren. Supongamos: “Siento calor. Voy y abro la ventana.” Si uno pregunta por qué, “Porque a mí, desde el interior, me surgió una tensión, y voy a calmarla abriendo la ventana.”
¿Qué es lo que desconoce el sujeto que allí actúa? Desconoce que lo que aparece como un impulso interior, no es otra cosa, sino una respuesta a una orden que le fue dada, sólo que en estado de hipnosis. Ahí, el sujeto de la conciencia no estaba.
O sea: No es inconsciente la representación “Pararse y abrir la ventana.” Es inconsciente el hecho de que eso que, ante mi consciencia, se me representa como proviniendo de una incomodidad, de una tensión interior, en honor a la verdad es una respuesta a una demanda del Otro. Y esto, es una matriz muy potente, que permite entre otras cosas –y entre otras muchas cosas que podríamos tomar del psicoanálisis- cuestionar el principio básico de funcionamiento del orden económico.
Bueno. Tenía cincuenta o sesenta cosas para decir, pero hasta acá llegué.

martes, 12 de febrero de 2013

Emilce Moler. Panel: Derechos Humanos. II Jornadas de Psicoanálisis, Salud y Políticas Públicas.





"...Cuando nosotros hablamos que esto fue una dictadura cívico-militar, bueno pongamos en cara, en nombre, las actitudes de los civiles, de todos, de los ciudadanos que permitimos, que permitió, que las cosas pasen por lo que pasaron.
No conseguí más casas para que alguien me dé para que yo pueda dormir esa noche. Me quedé en mi casa… y me detuvieron.
¿Cómo vivían mis padres? ¿Qué fue? o ¿como las familias de ciudad de La Plata, clase media platense…?  Mi padre era policía, jubilado policía. Era el comisario del barrio, siempre nos criamos ahí. Yo era “la hija del comisario”, una chica buena, que le hacia los mandado a los vecinos, querida, compartía con mis amigos del barrio las cosas, buena alumna. ¿Cómo me convertí en “ese ser”, esa lacra social, desde el golpe a septiembre del ’76? En esa lacra social que fui: subversiva, terrorista, despreciable, “mirá lo que le hizo a los padres” ¿Cuando me convertí en eso? ¿Cuanto tienen que ver los medios de comunicación? ¿Cuánto es la penetración de los medios de comunicación para que el matrimonio de los jubilados de al lado de mi casa… al que yo le hacia los mandados todos los jueves religiosamente, los acompañaba a la feria, porque los conocía de toda la vida, no fueran capaces de tocar un timbre en la puerta de la casa de mis padres después de ver el operativo para saber después de seis meses, si yo vivía (nada más)?
¿Eso es miedo? … por eso pongo “Memoria, vergüenza, miedo…” ¿Eso es miedo? ¿Puede ser miedo… llamar por teléfono y preguntar: “vive, la piba que yo tuve en mis brazos desde que nació”? Yo, permítanme decir: que eso no es miedo, que hay otras cosas que ustedes como psicólogos lo deben saber mucho mejor que yo. Que tenemos que desentrañar. Si no tomamos como clichés que hacen una cobertura y justifican todas las conductas una sociedad… que después de 10 años decimos: “pero qué barbaridad no nos dimos cuenta”. Yo quiero que nos demos cuenta del “Hoy”, del día a día"...

martes, 8 de enero de 2013

2001, 2002, 2003.... política y narración en los mares del sur.


Es notable la pregnancia presente en ciertos ámbitos -estábamos por decir intelectuales, pero, para ser rigurosos, optamos por decir “universitarios”- respecto a la idea de que las cosas “son”, y no podrían ser de otra manera. Jorge Alemán, psicoanalista argentino, plantea algo que en otras épocas hubiera sido una verdad de perogrullo o claramente un apartado tácito en cualquier “paper” universitario (que no siempre existieron): dice que “ninguna realidad por más consistente y hegemónica que se presente, debe ser considerada como definitiva, como por ejemplo el capitalismo”.

Diremos “capitalismos”, para que no cometer el error de consumir el formato de la crítica establecida que viene de otros lares (tecno-ciencia, Gadgets…) y reproducirla universalmente como sucedió en el Congreso de “Psicología” en Salta el año pasado, provincia que incorporó una Cerámica en los últimos años como única industria, y que suma un conjunto de modalidades de lazo que serían un modo virtuoso de relacionarse en la época de la inquisición. Si Güemes lo viera…

Ahora bien, ¿cuánto tiempo llevamos leyendo análisis que trabajan la tensión entre política y psicoanálisis, por ejemplo, desde una visión del Estado, una visión de la política, considerada como definitiva? (preguntarnos por una visión del psicoanálisis considerada como definitiva ya sería abrir otro debate).

Esto que señalamos, acerca de lo que “las cosas son”, tiene otro costado bastante común en la coyuntura actual, que se expresa a la hora de considerar la experiencia del 2001 y susconsecuencias…

Desde algunos sectores de la Universidad, surge un modo de razonamiento: toda la experiencia que se abre a partir de la “carambola” (término nuestro) del 2003, está determinada (por no decir escrita) por el 2001. Desde esta lógica, hay alguien que quiere recomponer el “sistema capitalista” (sic) y un pueblo que “arranca” conquistas, o sino, se trata de un oportunismo necesario para construir un marco de alianzas favorable a la recomposición del sistema que había sido amenazado en aquél “diciembre trágico”  -al menos recordemos las victimas, la represión feroz en las barriadas, no todo es idealización favorable para la escritura de papers o folletos universitarios.

Así, todo lo que pueda evaluarse como positivo, el gobierno nacional lo ha hecho “a pesar” de sus convicciones. Es decir, en clave de lo que se suele caratular de “concesiones”.

Pero López Murphy, quién casi llega a superar a Néstor Kirchner, ¿no es/era, también, acaso un hijo del 2001? ¿Como explicar que el economista delaruista que durara 4 días como ministro, siendo expulsado principalmente por la clase media que vió en el ajustazo la amenaza a uno de sus bienes simbólicos -la Universidad-, fuera meses después casi un candidato puesto con votos de la clase media y alta?

Macri, ¿no es acaso un hijo del 2001? Por supuesto, hijo de los 90, hijo del 76… Pero, ¿no responde en ese momento al “que se vayan todos”… los políticos? ¿No es acaso el empresario-promesa de tecnócrata exitoso, que en lugar de “influir”, de ser artífices de la política económica (los Born en los 90) desde el poder en las sombras, vio margen para “dar la/una cara”?

La pregunta que nos hacemos es un poco obvia, si López Murphy se hubiera impuesto en el balotaje, ¿qué sería de nuestro presente y nuestro horizonte?… Si Reutemann hubiera aceptado…

No hay necesariedad en la historia. Existen determinaciones, como así también lo contingente. Y así, una relación entre el político y el pueblo que no es sencilla, donde el juego de sentidos no es único, no permanece idéntico en el tiempo, y donde el político que abre una escena, no necesariamente puede conducir ni contener o controlar los efectos de esa escena.

Además, a veces suele olvidarse que entre el 2001 y el 2003, existió el 2002. El año que con la megadevaluación y pesificación marcó el record del mayor proceso de licuación de pasivos registrado en la historia del país, la generalización de la pobreza y la indigencia con una intensidad y ritmo sin antecedentes (del 30% de pobreza y 10% de indigencia con Caballo, al 54,3% de pobreza y 30% de indigencia en el primer semestre de Duhalde). (La devaluación, efectos sociales persistentes tras la salida de la convertibilidad. A.López)

Lo que se conoce como kirchnerismo merece algunas preguntas más, o en todo caso otras certezas. Nicolás Casullo, dejó una nota en el Página 12 en el año 2002 sobre Néstor (http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-156842-2010-11-14.html), la nota es impresionante leída 10 años después:

Citamos un fragmento:

“En esa temeraria pelea está inscripto hoy el santacruceño. Según muchos, Kirchner asume la responsabilidad de una pieza semiarqueológica: los militantes peronistas “setenteros”, ahora cincuentones, quienes viven la biografía del movimiento del ’45 como sentados en una estación abandonada y ventosa muy al sur del país por donde volver a pasar, aunque todavía no se note, ni se crea, ni se oiga, aquel verdadero tren de la historia que algún día podrá llenar de humo purificador la patria.
Sentados en el andén vacío y destartalado, como a una hora señalada, los del grupo toman mate, hacen muñequitos de madera con las navajas, parrillan corderitos en la estación sin nadie, miran de soslayo por si se acerca alguien, y achican los ojos cada tanto con las manos de visera en pos de un imaginario punto negro, lejano, que se vaya agrandando sobre las vías con su silbato anunciador. La cuestión es no dar demasiados datos de esa espera. Por eso Kirchner habla rápido, a veces medio desprolijo, o deambula confusamente entre cámaras de noticiero tratando de coincidir con la memoria de los mártires, con el subsuelo del tercer cordón ex industrial, o con una histérica cacerolera de Belgrano R. Porque en realidad está diciendo algo difícil, complejo, discutible, pero a lo mejor por eso profundamente cierto en cuanto a por cuál sendero se sale realmente de este entuerto, donde el país se desbarranca por la ladera, perdida toda idea de sí mismo, toda imagen nacional.
En ese maltrecho peronismo que vendió todas las almas por depósitos bancarios, Kirchner es otra cosa: insiste en dar cuenta de que ésta no fue toda la historia. Que hay una última narración escondida en los mares del sur”.

Subrayamos: “insiste en dar cuenta de que ésta no fue toda la historia". Hay, al menos, una última narración escondida en los mares del sur.



Continuará…

lunes, 24 de diciembre de 2012

El “pago” en psicoanálisis, su lógica”. Luis Giunipero.



Oscar Masotta fue uno de los analistas  que hizo resistencia a un modo de psicoanálisis que se había instalado en la Argentina, como reconocimiento a su posición ética, la Cátedra Libre lleva su nombre. Les agradezco la invitación a participar  en la tarea de formarnos como  psicólogos que intentamos fundamentar nuestras prácticas  en el psicoanálisis, elección que nos obliga a situar el lugar de nuestro deseo en el ejercicio de las mismas.

Nuestras  prácticas, cualquiera sea el ámbito donde se desarrollen, Hospitales, Escuelas, Centros comunitarios, Consultorios, siempre es Práctica de Discurso. Es decir, trabajamos con palabras y apostamos  a  su  eficacia  para responder a  las distintas demandas  asistenciales. Sabemos que las palabras enferman de polisemia, lo que nos favorece, porque hace posible nuestro oficio.

La palabra caballo que vamos a analizar en el relato clínico que nos acercó Lisandro Sagué, se la puede escuchar desde una tradición heroica que la engalana, la idealiza, pero también  darle una significación peyorativa que la violenta, sus significaciones van a depender de su relación con otras palabras.
En el relato clínico, escuchamos la intervención de un analista, sus palabras  indican su malestar en la institución pública y su lugar en la transferencia, al apoyarse en el dicho popular “a caballo regalado, no se le miran los dientes”.

Este tipo de intervenciones salvajes, hablan de su falta de deseo y de conocimientos para dirigir la cura, utiliza una expresión, de las tantas, que la lengua guarda como saber consolidado para combinar distintas respuestas discursivas, situando  la cuestión del pago estrictamente referida al dinero, en este caso a su falta, pero la polisemia de la palabra nos permite escuchar  también su lugar en la transferencia.

Si  interviene  identificado al lugar del “caballo regalado” para protegerse y limitar las demandas del analizante, dicha intervención no habilita al trabajo en una cura, donde se trata por lo contrario de asociar libremente, de decirlo todo, de hablar sin retener, maneras de plantear lo imposible. Nosotros no le pedimos a los pacientes “cuénteme su historia”, los alentamos a hablar sin retener. La rememoración articulada a la transferencia va a producir una versión de la historia.

¿Desde dónde proviene nuestra confianza en el inconciente?  De nuestra formación como analistas, que incluye nuestro análisis personal, o sea, la experiencia de nuestro propio inconciente, el estudio de los textos y la práctica clínica.

Freud al transmitir su clínica sitúa al Inconciente como el trabajador ejemplar en su capacidad  de producir, “el inconciente trabaja siempre, es el socio ideal del capitalista”,  cuando dormimos  produce sueños, es decir  trabaja, cuando habla, produce fallidos (una palabra por otra,  olvido de  palabras) y en la producción de  chistes, hace correr  rápidamente los centellantes  mecanismos metáforicos-metonímicos de la lengua, precipitando la significación.

Si tomamos esta tradición clínica que nos  enseña a ubicar nuestros malestares subjetivos entre la inhibición, el síntoma y la angustia y al analista  formando parte del concepto de inconciente, podemos ir al ámbito de la Salud Pública a ofertar una “escucha” y probar nuestra eficacia.
La Salud Pública, es un espacio interdiscursivo, lugar de distintas prácticas que se ordenan desde un significante mayor, la política.

Tener agua potable, una vivienda digna, además linda, porque no decirlo, se trata de nombrar nuestros deseos, y un buen trabajo, se trata del derecho que tenemos todos de estar incluidos como deseantes en la lógica del “ser y el tener”.

Repasemos la Constitución Nacional, nuestra Carta Magna, letra fundante de nuestra subjetividad, su lectura nos aclara y ordena la pregunta sobre el tema de estar más o menos sanos. Vivienda, trabajo, salud, educación, son significantes mayores que ordena la política porque determina su modo de distribución y son significantes que nos representan como sujetos para otros significantes, si nos faltan, nos enfermamos. No es lo mismo tener un significante que nos represente en un trabajo, que padecer  la desocupación. Estar desocupado puede funcionar como el motivo desencadenante de cuadros depresivos, pasajes al acto y las diferentes formas de expresión del malestar subjetivo.

En la  referencia que hacías, Lisandro, con respecto a Silvia Bleichmar, está claro, no en cualquier condición podemos desarrollar nuestra práctica, hay condiciones de represión política que la hacen imposible.
Entonces, si sostenemos una práctica que siempre va a hacer de “análisis del discurso”, ofertamos una “escucha” que hace posible que la condición deseante que nos constituye, no quede ni reprimida, ni renegada, ni forcluida, y ocupe un lugar principal en los discursos político-sociales generados por las distintas prácticas.

Discursos políticos, donde los distintos saberes circulan de manera coexistente y  cooperante, desplegando sus límites y contradicciones, intentando dar respuestas a las demandas cotidianas.
Nuestra práctica clínica llevada a las instituciones no necesita de ningún dispositivo que tenga un gran presupuesto, porque el invento de Freud es sumamente económico, un escritorio, algunas sillas,  un lugar confortable y nos ponemos a hablar.

¿Y de qué hablamos? De “malestares subjetivos” que pueden ser independientes de la condición socio-económica del paciente. Conviene no confundir el grado de confort alcanzado por el sujeto con su bienestar subjetivo, un millonario nos puede consultar por una tristeza profunda que lo habita y le hace pensar en suicidarse.

Freud al escuchar a sus pacientes histéricas construye una teoría de la subjetividad, sus grafos ilustran cómo estamos constituidos, en tanto parletres.

Sitúa al Inconciente, estructurado como un lenguaje, ordenando nuestra fantasmática en instancias como el Yo, sus ideales, su cara habilitante, su cara superyoica, nuestro cuerpo pulsional y la energética de su goce.
Este modo de constitución y funcionamiento de nuestra subjetividad, su dimensión metapsicológica fundamenta nuestra práctica clínica.

Cuando un analista va a una escuela y ante un niño que está siendo exigido por demandas académicas, en el ingreso a la lecto-escritura, cursando 1º grado, se le puede hacer escuchar a la maestra: “pongamos el énfasis en la vida social del niño, sus cuatro carreteras principales, el juego, el sueño, la alimentación y la escuela, escuchemos su discurso en cada una de estas escenas, su rendimiento escolar vendrá por añadidura”. En la posición de responder a la demanda de aprender las cuestiones académicas, el niño presenta inhibiciones y las intervenciones centradas en el síntoma lo van a fijar al mismo, identificándolo a un cuadro psicopatológico, por ejemplo el síndrome desatencional ADHD.

Trabajamos no solo con el niño, también en la política de la institución. La maestra es emergente de esa política que sitúa como ideal la cuestión de la eficiencia: “¿Cómo va a pasar a segundo grado si no sabe leer, si no conoce las operaciones básicas?”. Intentamos resituar la pregunta: “¿Y si no pasa a segundo grado, esa sanción, lo habilita o lo limita a aprender? Al problema lo complejizamos, lo pasamos un poco para más adelante, incluyendo la cuestión del tiempo, lo seguimos trabajando, no lo negamos, lo tratamos en función de los tiempos lógicos necesarios en su constitución fantasmática en su relación con el aprender.
Freud nos enseñó que entre los cuatro y cinco años, el Complejo de Edipo se va al lugar del fundamento, su aparato psíquico está constituido, el niño asume el nombre, la palabra, y la cultura lo hace ingresar a la escuela como institución de separación de su familia y  de formación letrada.Este armado fantasmático puede vacilar frente a las demandas y aparecer en la vida del niño este orden de dificultades.

Si la organización escolar acompaña los tiempos de constitución subjetiva su tarea será más armónica en relación al deseo de los niños. Esta cuestión clínica expresada en la dificultad de un niño para aprender, deriva en la pregunta referida a la política educacional, “¿un niño de 1er grado debe repetir?” ¿Es una sanción acorde a su tiempo subjetivo o un ejercicio de poder?. Todavía los pedagogos no se han puesto de acuerdo.

Trabajar con los niños en los distintos tiempos de su armado fantasmático desde los cuáles da respuesta a las demandas generadas en sus nuevos lazos sociales, es la especificidad de nuestra práctica, no sólo con los niños, acompañamos también a los jóvenes en ese tiempo de la metamorfosis de la pubertad, (en el rehallazgo de sus objetos) , donde tienen que sostener en lo real de la vida  los vínculos amorosos y proyectos de estudio y trabajo.

Así, en los distintos tiempos de la vida, escuchamos la clínica freudiana, su trilogía, inhibiciones, síntomas, pivoteando siempre en relación a la angustia.

“La angustia siempre es de castración, por eso no engaña.”


Nos hace signo, nos orienta (como la fiebre para el médico) del padecer del paciente, de su relación fantasmática con un Otro que se ha transformado en incastrable, dejándolo identificado en un lugar de impotencia, no puedo, no sé, no es para mi.

En nuestra práctica, que no necesita ningún dispositivo costoso, la cuestión del pago no requiere la intervención del dinero.

En un tratamiento se paga poniendo lo mejor de cada uno, escuchando desde el Otro mi propio mensaje y  el “decir” del inconciente determinará como están mis cuentas con respecto a mis deseos.

Nuestra formación, que no es gratis, aunque la realicemos en instituciones públicas, hemos trabajado por ella y desde allí nos habilitamos a escuchar una posición deseante, que en todos los  casos está en espera, está en sufrimiento.

Hace alrededor de veinte años, en la Casa del Sol,  zona sur, los miércoles a la mañana sosteníamos reuniones clínicas sobre los tratamientos que llevábamos a cabo. Viene una mamá, con su hijito, muy angustiada en  relación a la actitud de su esposo, padre que le pegaba a los niños, conducta que refiere, se reiteraba.

Trabajamos con el equipo la respuesta a esta demanda, porque podía tratarse de  niños en riesgo y nuestra obligación incluía una posible denuncia. En la entrevista con Graciela se acordó ir a la casa con la asistente social, a la hora que el marido volvía del trabajo, a veces alcoholizado. Se hizo esta intervención, el marido aceptó venir, consolidándose el dispositivo de entrevistas. Yo lo escuchaba al marido, los otros compañeros a la mamá, a los dos juntos, lo que fuera necesario, pero centrando el trabajo con los padres. Viene Juan y nos ponemos a charlar. Me cuenta que efectivamente estaba muy mal por la falta de trabajo, era una de las épocas  de hiperinflación y desocupación. Es albañil con la jerarquía de medio oficial. Habla de su historia, va construyendo su novela y cuenta que desde muy joven, a los 16 años quedó a cargo de la paternidad de su familia, tiene 6 hermanos, y fue como consecuencia  que su padre, que se alcoholizaba, abandonó a su mama.

El tomó la impronta paterna que consistía en  mantener la disciplina familiar a los  golpes. Y así mantenía como suplencia del padre en relación a su mamá el orden familiar. Esto nos permitió escuchar  en transferencia, en la medida que se recuerda,  escuchar el significante que se repite y denuncia, la letra, que es pegar como el padre, estar pegado al padre. En el relato, los significantes van bordeando, construyendo la letra paterna. Nosotros compartimos la manera que Freud tiene de transmitir como los significantes producen la letra y le obligan al nombre del historial: “El hombre de las ratas”. Porque la letra rata es la que ordena toda la organización fantasmática donde copulan los significantes y comanda los lazos sociales cotidianos de su paciente. En nuestro caso, pegado en la identificación al rasgo paterno, la crueldad, como uno de los nombres de sus goces, unarizado al padre, repite su letra.

Después nos detuvimos en el significante medio oficial. No me digan que no es tentador, el inconciente nos lo sirve en bandeja, él me explicaba, que en la construcción hay una graduación, existen las jerarquías, está el peón, el oficial, etc.

Eso nos llevó a que él se preguntara, se dan cuenta ustedes que se trata de un neurótico, no era un perverso, su goce no estaba articulado a un fantasma consistente, irreprimible, de castigar a los niños, sino  una imposibilidad de no repetir, como buen obsesivo, la letra paterna.

Llegamos al tema de su vivienda y resulta que en parte de su casa tenía piso de tierra. Y el primer argumento yoico fue: “no tengo plata doctor, estoy desocupado”. A lo cual después el mismo contradecía “bueno, no es tan así, porque en la obra, cuando voy a trabajar, habitualmente los escombros se los puedo llevar. Y un buen albañil sabe hacer un contrapiso con escombros y un poco de mezcla”. Y ya no es tierra, es un piso.

Entonces empezamos a trabajar sobre esta imposibilidad de pasar de una posición a otra: cambiar el piso con el cual él se identificaba. Porque el piso de él se expresaba en el significante  medio oficial.

No hay ninguna duda, más allá de las condiciones sociales, se trata como sostenía Freud de lo dominante de la “realidad psíquica”. Si  soy oficial albañil tengo más chances de trabajar, como él mismo explicaba, que siendo medio oficial.  Ustedes saben que el oficial albañil hace los trabajos más difíciles, por ejemplo, la instalación de aberturas, el revoque fino, la terminación de los bordes, eso no lo hace gente que no tiene oficio. El oficio es necesario en todas las prácticas, sino uno se comporta como un caballo.

Entonces, estamos con el tema de nuestra formación, una manera de situar la cuestión del pago desde nuestro lado, como logramos formar parte del concepto de inconciente no generando resistencias que impidan la posibilidad  de escuchar los significantes que al insistir en la repetición puedan ser interpretados y  tengan en la dirección de la cura, un grado de eficacia.

Que le sirva al paciente y a nosotros, que trabajamos para producir no solo mejorías sintomáticas. Trabajamos produciendo cambios en la posición subjetiva, en su armado fantasmático, que se reflejan en actos  donde el deseo es el sostén de los lazos importantes de la vida.

En este paciente, el trabajo de análisis, permitió disolver la fantasmática que sostenía las identificaciones a rasgos del padre, operando una resignificación de la paternidad, de la relación con su mujer, (de quién pensaba separarse al igual que su padre), y la ubicación  de su deseo también en el trabajo, evitando una repetición melancólica que lo llevaba al alcohol, al abandono, la soledad, nombres de su neurosis de destino. El  “medio oficial” que  sostiene el “saber del padre” incastrado.

Esos son los tres ejes sobre los cuales trabajamos las veces que nos encontramos, que habrán sido diez o quince veces, no más.
Freud afirma que toda neurosis, es neurosis de destino.
Una neurosis que no se cura, se hace crónica, se hace destino y se vuelve trágica.  El sujeto no puede salir del lugar donde está. Un goce parasitario que lo  retiene en una letra, medio oficial.
La formación del analista y el tema del dinero, nos obliga a hablar un poco de la historia del psicoanálisis en la Argentina.

El psicoanálisis alrededor del año 1950 ingresa a partir de una institución, la Sociedad Psicoanalítica Argentina. Se crea una estructura, como Freud explica muy bien en “Psicología de las masas”, como la iglesia y el ejército. Una estructura con un jefe, un padre, jerarquías y los goces de cada jerarquía. Y el fin de esos análisis, que se llamaban didácticos, terminaban trabajosamente, porque los pobres candidatos que cursaban sus didácticos terminaban extenuados de pagar cuatro, cinco sesiones semanales, iban todos los días, los honorarios eran muy importantes y pagaban el período de vacaciones al analista ¡Les pagaban las vacaciones! Lo único que no le pagaban era el aguinaldo, pero vacaciones pagaban. Es decir, no sabían cuando terminaba el calvario de cuatrocientas y pico de sesiones. ¿Y cómo terminaban? Con una identificación con el analista, terminaban en un lazo pobre.   Este modo de trabajar  colocó el tema del dinero como lugar de jerarquía, lugar de poder y esta tradición armó un psicoanálisis que se llamó “del encuadre”, donde el dinero era como una de las cuatro patas del dispositivo. Entonces, si no estaba el dinero, como decía este caballo, no es posible la práctica. Definían el psicoanálisis por el número de sesiones semanales,  hay un texto “Psicoanálisis de las Américas”, donde la definición del psicoanálisis, es a partir de que sean cuatro o cinco sesiones semanales y ahí estaba en juego el tema del pago como una de las formas de ejercicio de poder institucional. Llegar a ser analista “didacta” era un lugar de garantía en lo profesional.

Desde estos lugares se sostenía lo imposible de la práctica en los hospitales, los pacientes de hospital parecería no tienen inconciente, o sea, no hablan.

El tema del pago en psicoanálisis es más interesante  pensarlo por  el lado del superyó, allí entramos a interrogar el  pago del  neurótico de sus deudas imaginarias. Este es el hueso del asunto. No la boludez del dinero, porque el dinero, aún en lo privado, tiene tantas versiones, tantas versiones...

Si viene un jugador compulsivo, como a mí me ha tocado escuchar… ¿qué lugar tiene el dinero? Es un objeto de goce, claro, pero que paga con tanta pérdida, o qué no puede dejar de pagar?

La pregunta es por el lugar del significante dinero en la fantasmática de cada sujeto, en su economía libidinal. Hay una tradición fantasmática anal que el dinero encarna, el dinero puede estar, como en el caso del avaro en la obra de Molière, en el culo, y el sujeto no puede salir de la casa porque está encerrado en el objeto, o sea en su propio culo, es la dimensión tragicómica de todo análisis que atraviesa la fantasmática que nos constituye, así es la “cosa”.  Al escuchar a un  avaro, el analista tiene la posibilidad de intervenir para ver si con las palabras que el inconciente produce en el tratamiento, se modifica ese goce. Otros analizantes lo tienen para jugarlo y para hacer existir ese superyó en el juego que les gobierna la vida. Al jugador compulsivo que evocamos, a quién escuché en una serie de entrevistas, ¿saben cuál fue la solución que  encontró? No fue el análisis, no pudimos. No podía parar de jugar y jugar, perdía y perdía hasta haber perdido el nombre,  era un médico  importante de un pueblo y ahora todos hablan de él  despectivamente “ese es un timbero”. Había perdido su casa, obviamente la mujer y sus transferencias de trabajo.  El jugador juega para perder satisfaciendo  la gula del superyo, el goce superyoico, no juega para ganar.  Encontró un padre que lo regulara, que lo sacara del circuito de la vida civil e ingresó como médico en la marina, lo mandaron al sur, en un lugar muy acotado y ahí consiguió cierta estabilidad. Acá estaba perdido, no podía pagar las consultas, se jugaba el dinero en las apuestas del Jockey Club, antes de venir a las entrevistas, vivía de actuación en actuación.  

El dinero, en la subjetividad, en la estructura fantasmática, en el programa de goce de cada uno tiene un lugar, que al hablar, se devela en la lógica del ser y el tener. Otro paciente y acerca del dinero, estaba obligado a cuidarlo para las próximas generaciones. Envidiaba la vida sencilla de su chofer, él tenía su casa, su hijo, no tenía tantas preocupaciones, como él con su familia numerosa. Y no lo decía desde una impostura, lo decía en relación a estar efectivamente tiranizado superyoicamente en su realidad psíquica por este significante.  Coleccionaba zapatos  que salían no sé cuánto y que traía desde Roma. Esos zapatos  habían llegado en su colección al número 400 y le ocupaban todo el sábado a la tarde, porque aunque no  los usara requerían mantenimiento. Y él tenía que pasar la pomadita, la cremita y estaba ahí toda la tarde tiranizado por esos mandatos. Ser un hombre de dinero en la realidad cotidiana no lo excluía de padecer los mandatos de un Otro obsesivizante.

 La participación del analista en lo público la hemos situado en relación con su deseo, se trata de sus deseos y no se trata como se dijo acá en la mesa, de una oferta que vaya más allá de lo que uno desea, porque ahí aparece la figura del sacrificio.

  Los que hemos pasado por el escenario de lo público, por la distribución de riqueza que padecemos,  en los hospitales convergen la locura con las formas más difíciles de existir, la pobreza, la falta de higiene,  la falta de medios, esto es cierto. Pero  no quiere decir que aun ahí no se pueda trabajar, lo que pasa que el trabajo es difícil y nos puede impotentizar. De ahí el valor  del análisis del analista,  conviene tener alguna idea de la fantasmática propia, para no repetir, frente a cada demanda, la misma respuesta. Trabajar a pura demanda es la antesala del sacrificio superyoico.

Estos espacios de trabajar en las instituciones públicas  se fueron construyendo muy tempranamente en nuestra historia.
 Tenemos  maestros  a quienes les debemos muchísimo, uno es Enrique Pichon-Rivière. Fue el primero que hizo síntoma en la APA, no soportó  sus jerarquías al modo de la  iglesia y el  ejército, se fue de ese psicoanálisis a la libertad de su psicología social, sin poder incorporar en su formación otras lecturas del texto freudiano, habilitando generosamente a muchos otros, entre los que se encuentra O. Masotta.

El mejor homenaje para Enrique es no repetir como un lorito sus textos, que son muy buenos y fueron orientadores de nuestra práctica en la década del 60.  Comentaba  que lo que escribía a la noche a la mañana ya lo cuestionaba, trasmitiendo exageradamente  su capacidad  crítica.

Sus enseñanzas sobre la clínica psiquiátrica y psicoanalítica, producto de su experiencia hospitalaria, escuchar sus clases, participar de sus grupos operativos, su insistencia en el concepto  de tarea y en la formación del psicólogo a partir de la internalización operativa del ECRO. (Esquema Conceptual Referencial Operativo) nos resultaron imprescindibles.

Su entusiasmo, sin descanso, por ir más allá del diván, es responsable de orientar las prácticas institucionales.
En lo político, cuando Onganía toma el poder en el golpe de estado de 1966, prohibiendo la práctica asistencial a los psicólogos, quienes también teníamos prohibido el acceso a la APA, en esos momentos de represión institucional, Pichón nos  abre la puerta en su  Escuela de Psicología Social. El recordarlo me emociona, porque es un hombre que sostuvo el ejercicio de la función paterna de un modo habilitante, deuda simbólica, que nos “obliga” a pagar el costo de formarnos, para hacer bien lo que nos gusta.




                                                                       Ps. Luis Giunipero

sábado, 8 de diciembre de 2012

Emilce Moler. Panel: Derechos Humanos. Segundas jornadas de psicoanálisis, salud y políticas públicas.

http://www.youtube.com/watch?v=J3akEsgkOvs

"Cuando nosotros hablamos que esto fue una dictadura cívico-militar, bueno pongamos en cara, en nombre, las actitudes de los civiles, de todos, de los ciudadanos que permitimos, que permitió, que las cosas pasen por lo que pasaron.
No conseguí más casas para que alguien me dé para que yo pueda dormir esa noche. Me quedé en mi casa… y me detuvieron.
¿Cómo vivían mis padres? ¿Qué fue? o ¿como las familias de ciudad de La Plata, clase media platense…?  Mi padre era policía, jubilado policía. Era el comisario del barrio, siempre nos criamos ahí. Yo era “la hija del comisario”, una chica buena, que le hacia los mandado a los vecinos, querida, compartía con mis amigos del barrio las cosas, buena alumna. ¿Cómo me convertí en “ese ser”, esa lacra social, desde el golpe a septiembre del ’76? En esa lacra social que fui: subversiva, terrorista, despreciable, “mirá lo que le hizo a los padres” ¿Cuando me convertí en eso? ¿Cuanto tienen que ver los medios de comunicación? ¿Cuánto es la penetración de los medios de comunicación para que el matrimonio de los jubilados de al lado de mi casa… al que yo le hacia los mandados todos los jueves religiosamente, los acompañaba a la feria, porque los conocía de toda la vida, no fueran capaces de tocar un timbre en la puerta de la casa de mis padres después de ver el operativo para saber después de seis meses, si yo vivía (nada más)?
¿Eso es miedo? … por eso pongo “Memoria, vergüenza, miedo…” ¿Eso es miedo? ¿Puede ser miedo… llamar por teléfono y preguntar: “vive, la piba que yo tuve en mis brazos desde que nació”? Yo, permítanme decir: que eso no es miedo, que hay otras cosas que ustedes como psicólogos lo deben saber mucho mejor que yo. Que tenemos que desentrañar. Si no tomamos como clichés que hacen una cobertura y justifican todas las conductas una sociedad… que después de 10 años decimos: “pero qué barbaridad no nos dimos cuenta”. Yo quiero que nos demos cuenta del “Hoy”, del día a día".